I
“La Patagonia Rebelde” es una
película argentina, un drama histórico producido, en el año 1974, por el
director Héctor Olivera. El guion está basado en el libro del historiador
anarquista argentino Osvaldo Bayer “Los vengadores de la Patagonia trágica” que
relata los hechos de la Patagonia Rebelde de 1921: movimiento huelguístico de
los peones rurales que fue, sangrientamente, reprimido por el coronel Héctor
Benigno Varela siendo este ejecutado, posteriormente, por el vengador
anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens.
En una de las primeras escenas,
en el local de la ‘Sociedad de Resistencia’ de la ‘Federación Obrera Regional
Argentina (F.O.R.A.)’, de la localidad patagónica de Rio Gallegos, intervienen
varios ponentes y uno de ellos, el compañero español Graña, me atrevería a
decir que, seguramente, causó hilaridad entre la mayoría de l@s compañer@s que
hemos visto el film ¿Cómo se le ocurrió ponerse a filosofar abstracciones en un
momento donde se estaba discutiendo, con apremio, la necesidad de convocar un
paro en los hoteles de la ciudad por las duras condiciones laborales? Pues
capaz que, si lo reflexionamos bien, el personaje es menos cómico de lo que
aparece al principio ¿Antes que un paro es preferible saber hacia dónde va el
individuo? ¿Para qué es la revolución?
II
Ya para Aristóteles, la idea de
libertad sin propiedad no tenía sentido y para algun@s anarquistas el ideal de
una ‘asociación de egoístas’ de ‘frankensteins’ que reivindican, orgullos@s, su
carácter ‘aberrante’ frente a los convencionalismos sociales y culturales y que
dispondrían de sus propios ‘medios de producción’, el fruto de los cuales se
intercambiaría libremente con otr@s, es su ideal de sociedad anarquista. Evoca
una concepción contracultural, bohemia y artesanal del anarquismo que,
sociológicamente, se depositaba en clases sociales que estaban siendo barridas
por el industrialismo capitalista y sobrevivían en los márgenes del sistema: y
que conste que esto no es ningún juicio moral sino unos apuntes sobre el papel
en la estructura socioeconómica que tenían los sujetos portadores de estas
ideas ¿Y para que estos apuntes? Para tener una visión más clara de sus
potencialidades o no como sujeto revolucionario.
III
La siguiente etapa del anarquismo
es el mutualismo. Los teóricos marxistas han acostumbrado a situarlo como una
doctrina socialista artesanal, atribuyéndosela a Pierre Joseph Proudhon, aunque
el sociólogo francés Pierre Ansart en su “El nacimiento del anarquismo” (1970)
considera que es, más bien, la doctrina de los trabajadores asalariados de los
pequeños talleres. Es importante señalar este matiz de ‘asalariados’ porque
desmonta el intento, de estos teóricos marxistas, de situar el socialismo
mutualista proudhoniano fuera de la dinámica de las transformaciones
históricas, provocadas por la economía capitalista, y por lo tanto destinado a
quedar apeado de la línea revolucionaria destinada a producir la superación de
este modo de producción.
El pensamiento social y político
de P.J. Proudhon, que a pesar de sus errores de apreciación nos sigue
iluminando hoy en día, plantea una fase de transición del capitalismo al
socialismo mediante la organización mutualista de los trabajadores (crédito popular,
cooperativas de consumo…). Es decir, mediante la construcción de una ‘sociedad
paralela’ con sus propias infraestructuras que demostraría, con el ejemplo, que
el socialismo es viable, aunque sea a escala más reducida. La fuerza de estas
ideas es que son, profundamente, antiteleológicas, es decir, rechazan la idea
del socialismo como una ‘promesa de salvación’ para un futuro incierto. Ahora
bien, su fallo es no contemplar, o reducir a un plano irrelevante, el aspecto
insurreccional (la destrucción de las instituciones estatales y capitalistas)
que toda revolución necesita para triunfar.
IV
La tercera etapa es el
colectivismo. Esta doctrina es, profundamente, obrerista y defensora de una
ética del trabajo. La filosofía que hay detrás del lema “De cada cual, según su
capacidad, a cada cual según su trabajo” es propia de una clase trabajadora
que, aun, no ha olvidado el sentido de propiedad del pequeño campesino
autosuficiente. “Mi trabajo (entendido en un sentido individual) me pertenece,
como me pertenecía mi pequeña parcela de tierra, de la que me desposeyó el
aristócrata cuando mecanizó sus tierras” (el sistema de las ‘enclosures’
inglés). El anarcocolectivismo tuvo mucha influencia en Cataluña, por ejemplo
(la ‘plaga de la filoxera’ permitió a los propietarios de tierras catalanes
expulsar a los campesinos ‘rabasaires’, de las tierras que tenían arrendadas, y
estos pasaron a engrosar el proletariado fabril).
Para el caso español y catalán,
se ha hablado mucho del triunfo (en el seno del anarquismo) de las tesis
comunistas frente a las colectivistas. Pero, de hecho, el anarcosindicalismo no
representa más que un intento de reconciliar ambas tendencias en una
organización obrera (y obrerista) que tiene como finalidad el comunismo
libertario. Pero yo voy a defender, aun así, que se trata de una ‘reconciliación’
profundamente inestable donde el objetivo político altruista de una sociedad de
abundancia para todos convive, cotidianamente, con las mezquindades del pavor a
una supuesta “tiranía de los aprovechados”. Si el anarcosindicalismo es una
fusión, algo inestable como se ha dicho, del anarquismo y el sindicalismo
revolucionario, el anarcocolectivismo es la tendencia más cercana al segundo y
más lejana a los planteamientos del comunismo libertario: trascendentes, al
final, del marco ideológico del obrerismo el cual, propiamente, es más una
condena que algo que reivindicar.
V
Yo diría que la cuarta y última
etapa del anarquismo es el comunismo (aunque hay quien señala el sincretismo
malatestiano, precursor del postmodernismo). El comunismo libertario no es,
estrictamente, un obrerismo. De hecho, el proyecto social y político del médico
anarquista Isaac Puente en “El comunismo libertario y sus posibilidades de
realización en España” (1933) está más sustentado en el campesinado. También el
ensayo de este sistema socioeconómico se realizó en Aragón durante la Guerra
Civil mientras en Cataluña no se pasó del colectivismo. Hay que entender que la
asociación entre proletariado fabril y anarcocomunismo no es mecánica: Bakunin
ya se lo discutía a Marx cuando defendía el potencial revolucionario de la
comuna rural rusa y Mariátegui a la III Internacional bolchevique cuando hacía
lo propio con el “ayllu” peruano de origen incaico.
Hoy en día, grupos de la “teoría
de la comunización” como ‘Endnotes’ plantean que el comunismo (entendido como
experiencia inmediata) es un proceso de convergencia (en la protesta y también
en el disturbio) de distintas fracciones de clase ¿Acaso la creciente
heterogeneidad social de este ‘capitalismo liquido’ del siglo XXI solo permite
imaginar una táctica populista para llegar al comunismo? No lo tengo claro del
todo, lo que si me parece obvio es que el anarcocolectivismo (como lastre
ideológico que pervive, implícitamente, en el anarcosindicalismo) con su idea
de propiedad (asociada al trabajo asalariado o militante) es totalmente
incompatible con las exigencias comunistas libertarias, cada vez más
apremiantes, de nuestra época.
¿Hay alguna relación entre este
proceso de formación ideológica del anarquismo y la actualidad? Karl Marx no
era tan mecanicista como, a veces, se ha querido plantear: decía que, en la
historia, aunque se hubiera superado un modo de producción determinado eso no
significaba que restos de él no pervivieran en el modo presente. Y eso también
vale para sus formas simbólicas y políticas asociadas (elementos de la
superestructura). Así siguen existiendo, hoy en día, en el seno del anarquismo,
individualistas godwinianos, mutualistas proudhonianos, colectivistas
bakuninianos y comunistas kropotkinianos (si bien, como se ha dicho, estos dos
últimos convivan, contradictoriamente, dentro del anarcosindicalismo no ya como
tendencias diferenciadas sino incluso como parte de matrices de opinión
políticas totalmente incoherentes en muchos casos).
Cuando en aquella escena de
reunión de la F.O.R.A. de Rio Gallegos, en el film “La Patagonia Rebelde” de
1974, hicieron callar al compañero Graña por “irse por los cerros de Úbeda”
(como se dice en la patria del personaje) recuerdo que a todos o casi todos nos
pareció bien. Pero quizás lo que él indicaba, de forma algo barroca e
inoportuna, era algo más necesario de lo que parecía en aquel momento:
difícilmente, vamos a iniciar ninguna coordinación o acción en común si antes
no clarificamos bien lo que está en nuestras cabezas. Pues de ello dependen
también nuestras iniciativas, aunque, a menudo, no se tenga demasiado en
cuenta.
Alma apátrida
“La Patagonia Rebelde” (1974) –
Escena de la asamblea de la F.O.R.A. en Rio Gallegos (5:51)
https://www.youtube.com/watch?v=h1rlk-lMkWo






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