El turno del compañero Graña: disquisiciones filosóficas sobre el ideal anarquista

I

“La Patagonia Rebelde” es una película argentina, un drama histórico producido, en el año 1974, por el director Héctor Olivera. El guion está basado en el libro del historiador anarquista argentino Osvaldo Bayer “Los vengadores de la Patagonia trágica” que relata los hechos de la Patagonia Rebelde de 1921: movimiento huelguístico de los peones rurales que fue, sangrientamente, reprimido por el coronel Héctor Benigno Varela siendo este ejecutado, posteriormente, por el vengador anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens.

En una de las primeras escenas, en el local de la ‘Sociedad de Resistencia’ de la ‘Federación Obrera Regional Argentina (F.O.R.A.)’, de la localidad patagónica de Rio Gallegos, intervienen varios ponentes y uno de ellos, el compañero español Graña, me atrevería a decir que, seguramente, causó hilaridad entre la mayoría de l@s compañer@s que hemos visto el film ¿Cómo se le ocurrió ponerse a filosofar abstracciones en un momento donde se estaba discutiendo, con apremio, la necesidad de convocar un paro en los hoteles de la ciudad por las duras condiciones laborales? Pues capaz que, si lo reflexionamos bien, el personaje es menos cómico de lo que aparece al principio ¿Antes que un paro es preferible saber hacia dónde va el individuo? ¿Para qué es la revolución?

II

Pues si tenemos en cuenta que hay compañer@s anarquistas que se están planteando, a 90 años de la Revolución Social de 1936, la necesidad de coordinarnos, entiendo que, para actuar, yo diría que si pues, difícilmente, vamos a coordinar algo (el anarquismo) sobre el cual ni siquiera hay consenso, o muy mínimo, sobre lo que es. Hay quien rastrea, por ejemplo, el origen del anarquismo en el intelectual inglés William Godwin, defensor de la libertad individual y contrario a la coacción del Estado, quien, por cierto, fue el padre de Mary Shelley autora de ‘Frankenstein’: una criatura rechazada por la sociedad por su aspecto aberrante. La postura de Godwin sobre la propiedad privada estaba vinculada a la necesidad con lo cual indica cierta proto-idea de socialización.

Ya para Aristóteles, la idea de libertad sin propiedad no tenía sentido y para algun@s anarquistas el ideal de una ‘asociación de egoístas’ de ‘frankensteins’ que reivindican, orgullos@s, su carácter ‘aberrante’ frente a los convencionalismos sociales y culturales y que dispondrían de sus propios ‘medios de producción’, el fruto de los cuales se intercambiaría libremente con otr@s, es su ideal de sociedad anarquista. Evoca una concepción contracultural, bohemia y artesanal del anarquismo que, sociológicamente, se depositaba en clases sociales que estaban siendo barridas por el industrialismo capitalista y sobrevivían en los márgenes del sistema: y que conste que esto no es ningún juicio moral sino unos apuntes sobre el papel en la estructura socioeconómica que tenían los sujetos portadores de estas ideas ¿Y para que estos apuntes? Para tener una visión más clara de sus potencialidades o no como sujeto revolucionario.

III

La siguiente etapa del anarquismo es el mutualismo. Los teóricos marxistas han acostumbrado a situarlo como una doctrina socialista artesanal, atribuyéndosela a Pierre Joseph Proudhon, aunque el sociólogo francés Pierre Ansart en su “El nacimiento del anarquismo” (1970) considera que es, más bien, la doctrina de los trabajadores asalariados de los pequeños talleres. Es importante señalar este matiz de ‘asalariados’ porque desmonta el intento, de estos teóricos marxistas, de situar el socialismo mutualista proudhoniano fuera de la dinámica de las transformaciones históricas, provocadas por la economía capitalista, y por lo tanto destinado a quedar apeado de la línea revolucionaria destinada a producir la superación de este modo de producción.

El pensamiento social y político de P.J. Proudhon, que a pesar de sus errores de apreciación nos sigue iluminando hoy en día, plantea una fase de transición del capitalismo al socialismo mediante la organización mutualista de los trabajadores (crédito popular, cooperativas de consumo…). Es decir, mediante la construcción de una ‘sociedad paralela’ con sus propias infraestructuras que demostraría, con el ejemplo, que el socialismo es viable, aunque sea a escala más reducida. La fuerza de estas ideas es que son, profundamente, antiteleológicas, es decir, rechazan la idea del socialismo como una ‘promesa de salvación’ para un futuro incierto. Ahora bien, su fallo es no contemplar, o reducir a un plano irrelevante, el aspecto insurreccional (la destrucción de las instituciones estatales y capitalistas) que toda revolución necesita para triunfar. 

IV

La tercera etapa es el colectivismo. Esta doctrina es, profundamente, obrerista y defensora de una ética del trabajo. La filosofía que hay detrás del lema “De cada cual, según su capacidad, a cada cual según su trabajo” es propia de una clase trabajadora que, aun, no ha olvidado el sentido de propiedad del pequeño campesino autosuficiente. “Mi trabajo (entendido en un sentido individual) me pertenece, como me pertenecía mi pequeña parcela de tierra, de la que me desposeyó el aristócrata cuando mecanizó sus tierras” (el sistema de las ‘enclosures’ inglés). El anarcocolectivismo tuvo mucha influencia en Cataluña, por ejemplo (la ‘plaga de la filoxera’ permitió a los propietarios de tierras catalanes expulsar a los campesinos ‘rabasaires’, de las tierras que tenían arrendadas, y estos pasaron a engrosar el proletariado fabril).

Filosóficamente, el anarcocolectivismo es la doctrina más convergente con el sindicalismo, pero también con un obrerismo anticomunista ¿Cómo vamos a gozar todos por igual del fruto del trabajo cuando, a lo mejor, hay algunos que trabajan menos que otros o que no trabajan en absoluto? La idea de que ‘mi’ trabajo es algo que me pertenece y del que no se pueden ‘aprovechar’ los demás (noción criticada por teóricos del anarcocomunismo, como Piotr Kropotkin, quien señaló que no hay manera humana de discernir a quien pertenece, individualmente, una actividad social como es el trabajo) está en las bases ideológicas del anarcocolectivismo y se hace, implícita y necesariamente, extensiva a cualquier tipo de actividad más allá del trabajo asalariado.

Para el caso español y catalán, se ha hablado mucho del triunfo (en el seno del anarquismo) de las tesis comunistas frente a las colectivistas. Pero, de hecho, el anarcosindicalismo no representa más que un intento de reconciliar ambas tendencias en una organización obrera (y obrerista) que tiene como finalidad el comunismo libertario. Pero yo voy a defender, aun así, que se trata de una ‘reconciliación’ profundamente inestable donde el objetivo político altruista de una sociedad de abundancia para todos convive, cotidianamente, con las mezquindades del pavor a una supuesta “tiranía de los aprovechados”. Si el anarcosindicalismo es una fusión, algo inestable como se ha dicho, del anarquismo y el sindicalismo revolucionario, el anarcocolectivismo es la tendencia más cercana al segundo y más lejana a los planteamientos del comunismo libertario: trascendentes, al final, del marco ideológico del obrerismo el cual, propiamente, es más una condena que algo que reivindicar.


V

Yo diría que la cuarta y última etapa del anarquismo es el comunismo (aunque hay quien señala el sincretismo malatestiano, precursor del postmodernismo). El comunismo libertario no es, estrictamente, un obrerismo. De hecho, el proyecto social y político del médico anarquista Isaac Puente en “El comunismo libertario y sus posibilidades de realización en España” (1933) está más sustentado en el campesinado. También el ensayo de este sistema socioeconómico se realizó en Aragón durante la Guerra Civil mientras en Cataluña no se pasó del colectivismo. Hay que entender que la asociación entre proletariado fabril y anarcocomunismo no es mecánica: Bakunin ya se lo discutía a Marx cuando defendía el potencial revolucionario de la comuna rural rusa y Mariátegui a la III Internacional bolchevique cuando hacía lo propio con el “ayllu” peruano de origen incaico.

Hoy en día, grupos de la “teoría de la comunización” como ‘Endnotes’ plantean que el comunismo (entendido como experiencia inmediata) es un proceso de convergencia (en la protesta y también en el disturbio) de distintas fracciones de clase ¿Acaso la creciente heterogeneidad social de este ‘capitalismo liquido’ del siglo XXI solo permite imaginar una táctica populista para llegar al comunismo? No lo tengo claro del todo, lo que si me parece obvio es que el anarcocolectivismo (como lastre ideológico que pervive, implícitamente, en el anarcosindicalismo) con su idea de propiedad (asociada al trabajo asalariado o militante) es totalmente incompatible con las exigencias comunistas libertarias, cada vez más apremiantes, de nuestra época.

VI

¿Hay alguna relación entre este proceso de formación ideológica del anarquismo y la actualidad? Karl Marx no era tan mecanicista como, a veces, se ha querido plantear: decía que, en la historia, aunque se hubiera superado un modo de producción determinado eso no significaba que restos de él no pervivieran en el modo presente. Y eso también vale para sus formas simbólicas y políticas asociadas (elementos de la superestructura). Así siguen existiendo, hoy en día, en el seno del anarquismo, individualistas godwinianos, mutualistas proudhonianos, colectivistas bakuninianos y comunistas kropotkinianos (si bien, como se ha dicho, estos dos últimos convivan, contradictoriamente, dentro del anarcosindicalismo no ya como tendencias diferenciadas sino incluso como parte de matrices de opinión políticas totalmente incoherentes en muchos casos).

Cuando en aquella escena de reunión de la F.O.R.A. de Rio Gallegos, en el film “La Patagonia Rebelde” de 1974, hicieron callar al compañero Graña por “irse por los cerros de Úbeda” (como se dice en la patria del personaje) recuerdo que a todos o casi todos nos pareció bien. Pero quizás lo que él indicaba, de forma algo barroca e inoportuna, era algo más necesario de lo que parecía en aquel momento: difícilmente, vamos a iniciar ninguna coordinación o acción en común si antes no clarificamos bien lo que está en nuestras cabezas. Pues de ello dependen también nuestras iniciativas, aunque, a menudo, no se tenga demasiado en cuenta.

 

                                                                                                                                              Alma apátrida

 

 

“La Patagonia Rebelde” (1974) – Escena de la asamblea de la F.O.R.A. en Rio Gallegos (5:51)

https://www.youtube.com/watch?v=h1rlk-lMkWo

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