La democracia insurreccional: una lectura libertaria del Partido Demócrata español (s. XIX)

1) Aclaraciones iniciales: la idea democrática en los siglos XVIII y XIX en España

El historiador Javier Fernández Sebastián señala que en el siglo XVIII se entendía, en este país, por “democracia” un régimen político obsoleto que, des de la Grecia Antigua, había demostrado su “inviabilidad” y su tendencia a derivar en anarquía. Hay, pero, una excepción: la obra de Ibañez de la Renteria “Reflexiones sobre las formas de gobierno” (1783) donde apuesta por una “democracia representativa de base municipal” compatible con la Monarquía (nótese la fuerte raigambre histórica del municipalismo español que luego recogerían los libertarios). Durante la Revolución Francesa, y concretamente durante el período jacobino de Robespierre, la “democracia” se asoció al “terror revolucionario” y a la “dictadura” lo que provocó que los aristócratas ilustrados españoles, más moderados, como Jovellanos, tuvieran un discurso antidemocrático. Incluso algunos intelectuales jesuitas la llegaron a denominar “demonocracia”.

Ya con la invasión napoleónica, a inicios del siglo XIX, aparecen algunos textos laudatorios al término como el de Alcalá Galiano en “Recuerdos de un anciano” (publicada, póstumamente, en 1890):

“nunca ha habido en España, ni aun en otra nación ni edad alguna, democracia más perfecta que lo era nuestra patria en los días primeros del alzamiento contra el poder francés. Gobernaba entonces el pueblo tal cual era, ejerciendo en ciertas ocasiones su prepotencia en plebe…”.

Aunque, también, será un término rechazado por distintos “monárquicos” y “liberales”. Se convirtió, en definitiva, en un concepto en disputa. Unos lo asocian a la igualdad, otros reclaman su aplicación parcial, mediante el constitucionalismo y el gobierno representativo. Era, para Javier Fernández Sebastián, la paradoja de un “despotismo de la libertad” jacobino que venia a eliminar la distancia social entre las clases medias (la burguesía) y la aristocracia. Pero ya nos decía el filósofo postmarxista argentino, Ernesto Laclau, que todo proyecto político de clase no puede esperar a movilizar solo a esa clase si quiere triunfar: dichas clases medias necesitaban al pueblo, aun corriendo el riesgo que este fuera demasiado vehemente, en la defensa de las ideas que habían puesto a su disposición (de ahí la paradoja que la Revolución española, de entonces, fuera definida como democrática y liberal a la vez).

Así, Javier Fernández Sebastián nos recuerda como la “Revista Española” (2-VII-1836) distinguía entre:

“(…) un ‘verdadero liberalismo’, moderado y ligado a la clase media, y otro falso, revolucionario e indeseable, teñido de democracia proletaria”.

Intelectuales conservadores, como el filósofo Donoso Cortés, tratan los términos “democracia” y “anarquía”, prácticamente, como sinónimos. Para otros “moderados” (primer nombre que tuvieron los conservadores en España) existiría una noción positiva de “democracia” como “marcha ascendente de la clase media” y otra negativa como “tiranía demagógica” e “imperio del populacho”. Es decir, una seria la “democracia ordenada” gradual y previsible y, la otra, la desordenada, impetuosa e imprevisible. También, a veces, se utiliza como sinónimo de “popular” siendo necesaria su adjetivación para saber, por ejemplo, si iba asociada a liberales o a carlistas.

2) El Partido Demócrata y Los Hijos del Pueblo: principales características y contexto

Y aquí llegamos al motivo de este artículo, la fundación en 1849 (durante la monarquía isabelina y la lucha entre “progresistas” y “moderados”) del primer partido político que, en España, se define, netamente, como “democrático”, el “Partido Demócrata” o “Partido Progresista Demócrata”: para enfatizar que venían de la extrema-izquierda de los progresistas (los que, en su momento, fueron defensores del Trienio Liberal, la Constitución de 1812 y, por lo tanto, de los patriotas que lucharon contra la invasión napoleónica de España). Aunque también agruparon a algunos republicanos e, incluso, a algunos pioneros del socialismo.

Es decir, la primera formulación “democrática” en España, como proyecto político independiente fue, y esto da para reflexionar, un conglomerado de constitucionalistas monárquicos liberales, como facción hegemónica, pero con participación de republicanos y socialistas. Por otra parte, hay quien establece una línea histórico-ideológica entre los “moderados” y los afrancesados que colaboraron con la invasión napoleónica de España. Así que, cuando el historiador anarquista alemán Max Nettlau nos dice que, para el caso inglés, costó fraguar una alianza entre socialistas y “demócratas revolucionarios” este no parece ser el caso de España, que incluso constituyeron una formación política conjunta, aunque los primeros jugaran un papel anecdótico y subordinado en esta.

Aún así, estos representaban su corriente insurreccional (dispuesta a provocar una rebelión armada contra el corrupto sistema isabelino y opuesta a los partidos del régimen) organizada en la sociedad secreta democrático-socialista “Los Hijos del Pueblo”. Esta estaba dividida en tres secciones: la “Organizadora” (entiendo que responsable del funcionamiento orgánico), la “Asociación” (al existir un periódico clandestino democrático-socialista del mismo nombre, entiendo que responsable de su edición) y la “Joven España” (capaz que sección juvenil, se reunían bajo el paraguas de una sociedad literaria). Hay que entender que “Los Hijos del Pueblo” eran una estructura paralela al Partido Demócrata pero relacionada con él.

Tampoco se dio en España la situación, expuesta por Max Nettlau, de que Marx y sus seguidores vetaran la alianza de los “demócratas revolucionarios” con los socialistas no marxistas. En España, durante este período de la monarquía isabelina, ni marxistas ni anarquistas tenían aun implantación o la tenían muy incipiente. Los demócrata-socialistas de “Los Hijos del Pueblo” eran mucho más cercanos, precisamente, al laborismo y al socialismo utópico inglés: es decir a la mayoría de socialistas no marxistas que mencionaba Nettlau.

Por otra parte, para detallar más aspectos del contexto histórico, la monarquía isabelina es una época de liberalismo oligárquico y sufragio censitario (es decir, que la ciudadanía dependía de la renta o de las propiedades que poseías). También hay que decir que había una concepción patrimonialista del Estado: es decir, que moderados y progresistas consideraban que las instituciones les pertenecían y cuando llegaban al poder cambiaban la Constitución e incluso disponían de fuerzas armadas que servían, prácticamente en exclusividad, sus intereses partidarios. El Partido Progresista tenía la “Milicia Nacional” (cuerpo armado de voluntarios civiles) y el Partido Moderado creó la “Guardia Civil” (cuerpo armado profesionalizado dependiente del Ejército). Es como decir que no había un Estado-nación consolidado sino dos Partidos-Nación que competían entre si por fusionarse con las instituciones del Estado.

El conglomerado contradictorio, y a menudo incoherente, de constitucionalistas monárquicos liberales, republicanos y socialistas amenazó de estallar en varias ocasiones hasta que el partido se disuelve en 1873. Es de señalar que durante el “Sexenio Democrático” de 1868 (donde el partido jugó un papel insurreccional muy importante en la constitución de las Juntas Revolucionarias) apareció la facción de los “cimbrios” que aceptaban el régimen monárquico en la figura de Amadeo de Saboya: lo que no fue más que un termidor que saltó por los aires con la proclamación de la Iª República y la Insurrección Cantonal para que después volviera la reacción conservadora y monárquica con el general Manuel de Pavía entrando a caballo en el Congreso.

3) Conclusiones ¿Tiene el régimen actual algo de “cimbrio”?

Decía Mijaíl Bakunin en el “Tácticas Revolucionarias” de 1870 sobre las alianzas políticas y la colaboración de clases que “la confianza producía unión y la unión creaba poder”. Y seguía:

“Estas son verdades que nadie intentará negar, pero para que puedan imperar son necesarias dos cosas: es necesario que la confianza no se convierta en locura y que la unión, sincera igualmente para todos, no se vuelva una ilusión, una falsedad o una explotación hipócrita.”.

¿Para que sirve hoy en día estudiar estos procesos sociopolíticos y autores del siglo XIX? A mi entender, de mucho ya que el neoliberalismo, con su precariedad, atomización social e individualismo mal entendido nos está retrotrayendo a un escenario político que tiene muchas reminiscencias de aquella época. Por ejemplo, durante la llamada Transición española, de los 70 del siglo pasado, hubo una eclosión de movimientos y formaciones políticas que creían que la revolución “estaba a la vuelta de la esquina” pero al final se implantó una monarquía franquista, en la figura de Juan Carlos I, que los demócratas aceptaron: lo que tiene, a mi parecer, algo de reminiscencias del “Sexenio Democrático”, Amadeo de Saboya y los demócratas “cimbrios” aunque en una versión de “farsa”, como nos recordaba Karl Marx sobre los procesos históricos.

Ahora bien, que nadie se lleve a engaño sobre las intenciones de este artículo que nos conocemos, hay que saber leer bien aquel periodo para hacer las analogías correctas ¿Quiénes serían hoy los “demócratas revolucionarios” de los que nos hablaba Nettlau? No pueden ser ninguno de los partidos de izquierda del arco parlamentario pues todos, a mi entender, o bien son “neo-cimbrios” que han aceptado este sistema monárquico postfranquista o bien están en tratos con él, aunque digan rechazarlo. Para mi no son más que el ala izquierda de la socialdemocracia, representada por algunos movimientos sociales y organizaciones políticas de la izquierda extra-parlamentaria que, si bien no han roto con sus matrices o aliados institucionales, llevan una lucha a nivel de calle por los derechos y necesidades de la clase trabajadora y popular.

Y en este sentido, hay que tener en cuenta las advertencias de Bakunin: que la confianza no nos lleve a perder la razón y que la unión no sea falsa y, sobre todo, que no consista en la explotación política del trabajo de los revolucionarios. También es bueno recordar aquí la teoría de la “Revolución Permanente” de Leon Trotski que afirmaba que la revolución socialista tiene “tareas democráticas que cumplir” lo que no es, en absoluto, lo mismo que la tesis estalinista de que la “revolución democrática” debe preceder a la revolución socialista. Dicho de otra manera, una cosa es que los anarquistas, por ejemplo, conjuguen su discurso revolucionario con reivindicaciones más parciales dependiendo del momento y el contexto y la otra es pensar que los demócratas deben tener el protagonismo político solo porque esas reivindicaciones son parciales: lo cual es una nefasta postura de abandono que ve como un problema lo que realmente es una potencialidad. 


                        Alma apátrida

 

Bibliografía:

FERNÁNDEZ SEBASTIAN, JAVIER Democracia en FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, JAVIER y FRANCISCO FUENTES, JUAN Diccionario político y social del siglo XIX español Alianza Editorial, 2002. Páginas 216, 217, 218, 219, 222 y 223.

NETTLAU, MAX Comunismo autoritario y comunismo libertario Libros Dogal, 1977. Páginas 32, 33, 45 y 46.

EIRAS ROEL, ANTONIO El Partido Demócrata español 1849-1873. Los primeros demócratas Ediciones 19, 2015. Páginas 170, 171 y 366.

BAKUNIN, MIJAIL Tácticas revolucionarias Libros Dogal, 1978. Página 80.

TROTSKI La revolución permanente Biblioteca de cultura socialista Ruedo Iberico, 1972. Páginas 47-55.

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